Lenguaje inclusivo en TEA

El TEA (Trastorno del Espectro del Autismo) es quizá uno de los términos relacionados con la salud mental que más ha evolucionado a lo largo del tiempo. Esto a veces provoca confusión en el lenguaje, incluso en las ideas, hasta el punto de no saber muy bien de qué estamos hablando. Por eso, en el post de hoy vamos a hacer un pequeño recorrido por la evolución del término, hasta llegar a las recomendaciones del momento actual, referentes al lenguaje inclusivo. ¿Preparados/as?

La palabra autismo proviene del griego -autos-, que quiere decir “uno mismo”. Así, etimológicamente el término significa “ensimismarse”, “entrar en uno mismo”. Lo utiliza por primera vez de forma escrita, en 1942, el psiquiatra suizo Paul Bleuler, en un artículo sobre esquizofrenia en la American Journal of Insanity, describiendo una tendencia a alejarse de la realidad externa, evadiendo la vida social y emocional.

Hacia 1943, el psiquiatra austriaco Leo Kanner publicó un artículo en el que hablaba de Autismo Infantil Temprano para hablar de las dificultades que encontró en algunos niños para adaptarse a los cambios de rutinas, para entablar lazos sociales y para realizar actividades espontáneas. En la misma línea fueron las investigaciones del médico austriaco Hans Asperger, quien además describió intereses inusuales y ferréo apego a las rutinas y a los objetos, en un grupo de niños con la capacidad lingüística preservada.

Cuando la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) publica su primer manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), en 1952, engloba estos síntomas bajo el diagnóstico de “Esquizofrenia de tipo infantil”, provocando una confusión entre psicosis y autismo. Y así se mantiene hasta la tercera edición del manual (DSM-III), publicada en 1980. En él aparece la categoría “Trastorno Generalizado del Desarrollo” (TGD) incluyendo tres tipos: Autismo Infantil, Trastorno Generalizado del Desarrollo (completo o residual) y TGD atípico. De esta forma se logra diferenciar definitivamente el autismo de la psicosis, siendo de hecho la ausencia de síntomas psicóticos un criterio para diagnosticar autismo.

 

Ya en el año 2000, con la versión revisada del DSM-IV, se amplía el abanico de los TGD con:

Trastorno Autista, Trastorno de Asperger, Trastorno Desintegrativo Infantil, Trastorno de Rett, y Trastorno Generalizado del Desarrollo No Especificado. Pero en esta época ya estaban cobrando fuerza las investigaciones del psicólogo español Ángel Riviere, quien consideraba el autismo como un continuo de diferentes dimensiones, habiendo tantos tipos de autismo como persona con autismo. Esta es, de hecho, la base del DSM-V (2013), que introduce el término de Trastornos del Espectro del Autismo (TEA) para incluir en continuo los distintos trastornos antes considerados TGD, excepto el Trastorno de Rett.

Seguimos escuchando los términos autismo, Asperger, TGD…pero hoy en día lo más correcto es hablar de TEA (Trastorno del Espectro del Autismo), pudiendo especificar con/sin lenguaje fluido, con/sin discapacidad intelectual y con/sin otras enfermedades o trastornos asociados.

Desde Salud Mental, por otra parte, estamos asistiendo desde hace unos años a un movimiento que pone a la persona por encima de cualquier etiqueta. Por ejemplo, cuando antes nos referíamos a alguien como “autista”, estábamos anteponiendo esa característica de su persona por encima de cualquier otra. “Es autista”, escuchamos, e inmediatamente nos vienen a la cabeza estereotipos, ideas, expectativas, todas relacionadas con el autismo. Al decir “persona con autismo“, intentamos anteponer el hecho de ser persona, de forma global e íntegra, y luego añadir el autismo como una característica, que en ningún caso es la primordial. Se trata de promover un lenguaje más justo con las personas, más inclusivo y más real. En cualquier caso, creemos que lo esencial es la mirada que se da a las personas, concibiéndolas y tratándolas en todas sus dimensiones; personas con capacidades y limitaciones, con sueños, miedos y expectativas; personas, no diagnósticos. Y si el lenguaje nos puede ayudar a fomentar esa mirada, pues mejor que mejor.

 

 



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